domingo, 13 de marzo de 2016

Discurso de don Bartolomé Pérez Sánchez de Medina en la presentación de "El habla de Ubrique"

Bartolomé Pérez Sánchez de Medina y la alcaldesa de Ubrique, durante la presentación


Discurso de don Bartolomé Pérez Sánchez de Medina durante la presentación de la segunda edición de su libro "El habla de Ubrique", publicado por la editorial Tréveris con la colaboración de la Librería Fábula y el Ayuntamiento de Ubrique.



DE LA SEGUNDA EDICIÓN
          Hay dos poderosos motivos que han obligado a un asegunda edición de "El habla de Ubrique". En primer lugar, la demanada. Las librerías han sido portavoces de muchos interesados en conocer cómo hablamos realmente en Ubrique y desentrañar en cierto aspecto muy importante el espíritu de esta comunidad. Se trata de un signo de identidad valiosísimo de Ubrique.
          En segundo lugar, el léxico, es decir, las palabras con significado, que hoy día sufre por la incorporación de préstamos de otras lenguas, que unas veces se hace necesario adoptar y otras son superfluos, al tener recursos léxicos suficientes como para prescindir de ellos. Con la afluencia de nuevas palabras hay también un léxico que se arrincona, con el peligro de olvidarlo.
          Por eso la añiúra, añadidura o addenda que aparece en esta Segunda Edición. La forman quince palabras cuya incorporación al léxico de la primera edición pretende guardar, proteger del abandono y del olvido un léxico que en otro tiempo fue activo y hoy está en la mente de los ubriqueños que tenemos una edad avanzada, sin apenas utilizarlo, léxico pasivo que desaparecería cuando generaciones más jóvenes y venideras fueran el centro y motor de la vida de Ubrique.
          De modo que los sonidos que empleamos al hablar, las estructuras gramaticales, nuestra característica entonación, que parece que cantamos, nuestras tradiciones, vivas alunas, desaparecidas otras; nuestros dichos comparaciones, proverbios, que forman el esqueleto de nuestra cultura constituyen un tesoro espiritual que vale la pena preservarlo y conservarlo. Tod esto fue lo que me movió a realizar este libro.

          Y hablando de libros, quisiera, quizás abusando de vuestra paciencia, recordar un discurso de aquel escritor que dijera...

"Yo que siempre me afano y me desvelo
Por parecer que tengo de poeta
La gracia que no quiso darme el Cielo."

          Es un discurso del libro más universal escrito en nuestra lengua, de cuyo autor, don Miguel de Cervantes, se cumplen en mes que viene cuatrocientos aos de su muerte:
 




Una multitud de amigos, compañeros y familiares del escritor lo acompañaron durante el acto





DISCURSO DE LA EDAD DE ORO: II parte, capítulo XI. 



Después que don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas en la mano y, mirándolas atentamente, soltó la voz a semejantes razones:

—Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para defensa de las inclemencias del cielo. 


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Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia: aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre; que ella sin ser forzada ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra, y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de lampazos y yedra entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decoraban los concetos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus proprios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, sola y señera, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propia voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta; porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el gasaje y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero. Que aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra. 


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